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La Puesta de Límites,  o,  la Carcajada Pulsional

Jorge Garaventa

 

“Yo me inclino por una perspectiva en la cual la pulsión no existe desde los orígenes, la pulsión no es un producto biológico, la pulsión es el efecto sexualizante del otro humano en inscripciones que a partir de entonces pulsarán para siempre como objetos fuentes al sujeto, puedo decir que el representante pulsional es por supuesto representante, huella mnémica de la sexualidad pulsante materna. Pero para esto hice una alteración total de los órdenes teóricos con los cuales Freud estaba trabajando, lo cual no es para preocuparse si uno toma la obra no como una obra sacralizada, sino como un punto de partida para ir pensando cuestiones y va contraponiendo modelos teóricos en el interior mismo de la propuesta freudiana, tomando partido por un Freud contra otro en muchos momentos.”

Silvia Bleichmar

 

Es muy difícil pensar el controvertido tema de la puesta de límites a las conductas de niñas y niños, sin al menos bordear y asomarse al concepto de pulsión ya que finalmente lo atraviesa.

El debate sobre lo pulsional está presente todo el tiempo en la comunidad psicoanalítica y el de la puesta de límites en lo social,  donde que se apliquen o no son blandidos alternativamente como causa y efecto de lo que preocupa, inseguridad, violencias.  Dejamos por fuera las violencias actuales ejercidas por el terrorismo internacional que requiere otro tipo de lecturas e interpretaciones.

Lo cierto es que poner o no poner límites no es un problema del Psicoanálisis que nada tiene que hacer en esa acalorada lucha de domeñar los instintos, según la poética traducción freudiana de López Ballesteros, o dominar las pulsiones, en versión de Jaime Strachey en colaboración con Anna Freud, que parece, esta última, una aproximación más acabada a la letra y el espíritu de Sigmund  Freud. No es casual que algunos desvíos conductistas se hicieran posibles con la amigable pero no del todo precisa tarea del traductor español.

“¿Pero cómo puede ser que más de 100 años después se siga hablando de la teoría psicoanalítica, obviando que se trata ya de una cuestión vetusta sin atender las concepciones terapéuticas modernas que han llegado para cambiar todo?”,  brama por allí alguno de los que declararon tempranamente  la muerte del psicoanálisis para ser reemplazadas por modernas teorías y técnicas que en realidad no son otra cosa que aplicaciones pre freudianas remozadas a las teorías del mercado y al servicio de la productividad capitalista y las urgencias de adaptación social.

Y no solo las teorías psi. Con su simpleza al servicio de la trasmisión David Nasio demuestra como los principales “hallazgos” de las neurociencias, habían sido adelantados por Freud. La memoria neuronal, que Freud supone en 1895, es apenas un ejemplo.

El psicoanálisis no ha sido concebido para frenar o limitar. Muy por el contrario, en estos casos, parte de  comprender los desbordes y a través de la palabra, desmontar las causas últimas que se prestan de armazón. ¿Qué el camino es lento? Y sí! Seguimos siendo partidarios del cartelito de los coches antiguos, cuando la urgencia no era un valor de vida: “No corras, te esperamos”

Tal vez no resulte ocioso subrayar que “comprender” no habla de una mirada cariñosa sino de extremar el sentido hasta sus últimas causas, de dar pelea en los dominios de la sinrazón.

El psicoanalista Alfredo Grande, un autorizado estudioso de la Cultura y la Sexualidad Represoras, nos refuerza el armazón que nos permite avanzar sobre el sentido de la masiva aceptación de la “puesta de límites”.

La Sexualidad Represora tiene como fin primero y último la interdicción del placer y la sexualidad, o, para ser más precisos, del placer de la sexualidad. Hablamos del Tabú del deseo.

Michel Foucault en toda su palabra, pero sobre todo en “Los Anormales”, aquel maravilloso seminario de 1975, muestra cómo se fueron consolidando las instituciones de la Justicia y la Salud al servicio de la captura estrangulante del deseo libre. Y sus representantes monstruolizados por la sociedad.

Pero a la vez, en la medida en que nos asomamos al análisis del desarrollo de las concepciones limitantes en salud y educación, aparece rápidamente la pregunta acerca de qué es aquello a limitar. Lo que fuere, nos traslada al campo de las pulsiones, manifestación humana por naturaleza.

Las pulsiones, los límites, han abandonado el campo de lo escolar y se trasladan a la gran liga de lo social donde juegan su poderío en el ríspido territorio de las violencias. Estamos en el terreno del incremento de la crueldad, pero… ¿es efectivamente la crueldad la que se incrementa o ahí impera un límite pero desde lo conceptual al servicio de suavizar las aristas de la sexualidad?

David Nasio decía en una reciente visita a Argentina, que los psicoanalistas necesitamos diferenciar lo que decimos en los medios de comunicación de cuando teorizamos la clínica. ¿Decimos cosas distintas? No. Lo decimos distinto. La reflexión psicoanalítica requiere precisión ya que se relaciona directamente con las prácticas psi.

Cuando analizamos algunas problemáticas graves como violaciones o abusos sexuales a mujeres y niños solemos decir que el fin último de quien ejecuta el acto no es sexual sino que de lo que se trata es de abuso de poder, de someter a la víctima desde el dominio, que hay un placer por el sufrimiento del otro, en reducirlo a la cosificación absoluta. Concluimos erróneamente que lo sexual es secundario.

Este análisis no atraviesa el arnero del conocimiento pulsional. Pero además nos coloca en un amague paradojal ya que ninguna de las dos tópicas freudianas parece finalmente aportar un cierre a nuestros interrogantes.  En principio, ningún análisis que incluya lo pulsional puede concluir en lo sexual como secundario. Las violaciones y los abusos, si intentan ser comprendidos desde la segunda tópica, deberán contemplar la fusión de ambos grupos de pulsiones, con el agregado de que aún aquellas manifestaciones altamente destructivas del otro necesitan pensarse desde los avatares del desarrollo psicosexual y el interjuego singular entre regresión y fijación.

¿Son pensables estos atropellos desde la exclusiva irrupción de la pulsión de muerte? Definitivamente no. La pulsión es en definitiva sexual, y estos hechos pueden ser pensados únicamente en el interjuego de fusión y defusión de Eros y Tanatos, sin perder de vista que esta última concepción es post freudiana.

En definitiva entonces, en los abusos, no es que no se trata de lo sexual. De lo que no se trata es de lo genital. Si no tenemos en claro eso, replicamos hacia el interior de nuestras praxis, la escotomización de lo sexual que recorre la sociedad.

Nos queda el interrogante acerca de si es posible pensar estos procesos como un movimiento de la tanatización de Eros.

Quien nos vino acompañando en nuestro desarrollo tal vez no termine de comprender nuestro derrotero. ¿Es necesario para hablar de la puesta de límites, hablar de violencias extremas? Tal vez no en otros momentos donde, pese a ser un tema fundamental ocupaba casi exclusivamente capítulos de la educación, escolta y familiar, pero han sido precisamente estas violencias la que lo han colocado como casi un problema de estado.

El abuso sexual contra niños y niñas, junto al femicidio, son tal vez las mayores expresiones de la violencia. Ante su prepotente presencia en la epidermis social, se levantan las voces de justicia extrema, tal cercana a la retaliación, mientras  que desde la búsqueda de motivos se posicionan claramente la queja por la falta de límites en la niñez y la declinación de la función paterna.

Esta cuestión de la retaliación habilita una aparente transgresión aunque rápidamente veremos que se relaciona con nuestros desarrollos y con el psicoanálisis, que tiene mucho que decir acerca del punitivismo social.

El motor de esas manifestaciones es la culpa, ese cotidiano presente y que tanto preocupa cuando no está presente como cuando lo está en exceso.

Ya en 1958 Winicott, en la conferencia de homenaje a Freud  desarticulo cualquier posibilidad de que la culpa pudiera ser pensada como influencia  de la religión o la cultura. Pero por otro lado, nos ayuda a comenzar a responder nuestros interrogantes cuando dice: “El psicoanalista aborda el tema de la culpabilidad como cabe esperar de quien está acostumbrado a pensar en términos de crecimiento, de evolución del individuo humano, del individuo en cuanto persona y en relación con el medio que lo rodea. Para el analista, el estudio del sentimiento de culpabilidad entraña igualmente el estudio del desarrollo emocional del individuo. Por lo general, el sentimiento de culpabilidad se considera el resultado de las enseñanzas religiosas a morales. En el presente trabajo trataré de estudiar este sentimiento no como algo que debe inculcarse en el individuo, sino como algo que forma parte, que es un aspecto más de su desarrollo. Las influencias culturales son sin duda importantes, de una importancia vital, pero lo cierto es que estas influencias pueden considerarse como un conjunto integrado por numerosas pautas personales o individuales. Dicho de otro modo, la clave de la psicología social y colectiva (o de grupo) la constituye la psicología del individuo. Los que opinan que la moralidad es una disciplina que debe inculcarse educan a los niños de acuerdo con este principio, con lo cual se privan a sí mismos de la satisfacción que produce ver como el sentido de la moralidad se desarrolla en los niños de un modo natural, dentro de un marco positivo que les es dado de forma personal e individual.”

En un solo paso Winnicott alude y desarticula lo que en el futuro llamaremos puesta de límites.

Probablemente el escollo más complejo con que se encuentran los cultores de la puesta de límites, es que, lejos de colaborar al desarrollo de los potenciales sanos de los niños y niñas, está al servicio del disciplinamiento, y esta corriente busca la uniformidad conductual, deja de lado las necesarias singularidades y se establece en el marco de lo que está bien y de lo que está mal. Movimiento entonces al servicio de la moralización temprana mientras se estrangulas las éticas que hacen a las diferencias.

La intervención adulta a través de distintas funciones, la paterna o materna para nombrar las más recurrentes, tienen como función recrear las condiciones de constitución de la personalidad del niño.

Para entender este proceso necesitamos nuevamente traer la remanida diferencia entre deseo de hijo o necesidad de hijo ya que el posicionamiento ante esta cuestión por parte de quienes tienen a su cargo la tutela del crecimiento del niño, determinará también donde están parados frente a la problemática que nos concierne.

Señalábamos en otro lugar que “Eva Giberti ensaya una primera aproximación cuando dice que “...es posible distinguir entre apetito o necesidad de hijo destinado a satisfacer el vacío personal que puede sentir un adulto estéril, del deseo de hijo como aspecto conciente de la autoconciencia parental que apunta a acompañar a una criatura en su desarrollo, aceptando las diferencias que pudieran aparecer...””

Y agregábamos nosotros: “Momento de poner en claro, que al psicoanálisis no le compete la función de legislar la convivencia social sino en todo caso de trabajar en la esperanza de otra convivencia del sujeto consigo mismo.

““Deseo de hijo” intenta deshojar, desde el lenguaje cotidiano, esas metonimias que circulan incesantemente a partir de la primera experiencia de satisfacción. Deseo de hijo o de hija remiten a otras escenas deseantes que escapan a los bordes de este escrito.

El despliegue de este deseo no es ajeno a la forma en que se va tallando la subjetividad también en los hijos.”

Silvia Bleichmar, cuyas coincidentes ideas recorren este escrito y otros tantos, se animó a apostar por el dinamismo de la palabra del Psicoanálisis. En sentido coincidente revisó y repensó el interjuego pulsional y  el relativismo de las tópicas como estructuras fijas y arremetió contra los mitos que anquilosan prácticas y teorías.

De lo que nos interesa para nuestro desarrollo planteamos dos trabajos citados en la bibliografía, aquel en el que desgaja el sin sentido, o el sentido otro no dicho, de la puesta de límites, y el que recorre el desarrollo psicosexual del niño desde el polimorfismo perverso hasta la construcción de la ética.

En relación al sendero que intentamos ir trazando, Bleichmar dice: “Conocemos la afirmación realizada por Freud en Tres ensayos: “Bajo la influencia de la seducción el niño puede convertirse en un perverso polimorfo, siendo descaminado a practicar todas las transgresiones posibles. Esto demuestra que en su disposición trae consigo la aptitud para ello; tales transgresiones tropiezan con escasas resistencias, porque, según sea la edad del niño, no se han erigido todavía, o están en formación, los diques anímicos contra los excesos sexuales.”  Definición en la cual queda claramente marcada la distinción entre aptitud como disposición y perversidad polimorfa como efecto de seducción, lo cual es a veces poco tenido en consideración. Diferencia que se tiene poco en cuenta también cuando se confunden conductas que ponen de manifiesto la existencia de corrientes perversas de la vida psíquica ya plasmadas como tales, distinguibles claramente de las llamadas “disposiciones” que no implican modalidades fijadas de goce ni de centripetación de toda la vida psíquica alrededor de esta fijeza.”

Si complementamos lo citado con su llamado a terminar con el mito del niño a merced de las pulsiones hasta la instalación del Superyó, se puede empezar a develar cual es nuestra meta.

La mención del Superyó también nos convoca a una reflexión propia. Debe quedar en claro, al menos para los psicoanalistas, que esta instancia, presente a lo largo de toda la obra freudiana, está lejos de representar una esperanza disciplinaria de lo conductual. Más bien se trata nuevamente de lo sexual. Es el heredero del complejo de Edipo y reacomoda las cosas entre hijos, madres y padres desde resoluciones simbólicas que poco tienen que ver con los comportamientos. En todo caso la culpa, ese plus inevitable, puede generar tanto inhibiciones como síntomas y angustias, pero difícilmente logrará que los niños se porten bien.

El concepto de “función paterna”, oportunamente diseñado por Lacan, ha sido flameado en su momento, sobre todo por analistas con profusa llegada a los medios de comunicación, como el principio y fin de los males de época. Se afirma que las violencias cotidianas son precisamente el resultado de la declinación de dicha función.  Nos cuesta pensar una función psíquica individual como responsable de un efecto universal. Pero más allá de ese aspecto que supera largamente los objetivos de este escrito, Michel Tort ha hecho un análisis más que minucioso y  que pone en serias dudas la viabilidad del concepto en tiempo de irrupción de nuevas identidades. En palabras del autor: “el simple hecho de que haya controversias sobre lo masculino- femenino, madre- padre, mujer- hombre, que son hoy temas polémicos traiciona magníficamente, en el mismo momento en que queremos plantear una analogía con elementos eternos, el hecho de que nuestro punto de vista en sí mismo es histórico. Es precisamente en los años 80 cuando todo lo que implica la procreación se modifica con las nuevas prácticas que producen nuevas versiones del pretendido objeto universal psicoanalítico”. En las especulaciones siguientes alude a  la no cuestionada histórica dominación masculina, desde el psicoanálisis. Pero esa es harina de otro costal.

Pero como bien sabemos, la relación entre Educación y Psicoanálisis ha sido siempre conflictiva, pero tanto Sigmund Freud como Jean Piaget se han encargado sistemáticamente de resaltar la importancia y potencialidad que brinda la presencia de los mismos.

Desde la disciplina que nos ocupa, los desarrollos del maestro vienés nos son familiares. No necesariamente ocurre lo mismo con el psicólogo y educador francés.  En una maravillosa conferencia, “Génesis y Estructura” resume desarrollos que bien podrían armonizarse con los desarrollos psicoanalíticos. La coincidencia entre ambos autores, forzada si se la intenta punto a punto, pero no desechable, radica en la concepción  del adulto como producto de un desarrollo estructurante que arranca en la más temprana infancia.

Dicho sea de paso, y acorde absolutamente con estos desarrollos, el psicoanálisis actual tiene una deuda de ensamble del recorrido freudiano con las investigaciones sobre psiquismo temprano de Melanie Klein.

En el Seminario Internacional sobre Violencia Escolar realizado en el año 2005 participamos varios psicoanalistas produciendo un libro citado en Bibliografía que lleva el nombre precisamente de “Violencia Escolar”.

Eva Giberti plantea allí, lejos del discurso de los límites, que es necesario escuchar a niños y adolescentes y pensarlos junto a ellos. “es nuestro sistema de pensamiento acerca de los niños lo que necesitamos modificar”.  Coincidimos entonces en que la autoridad tradicional ha colapsado y estamos ante una mutación de las distintas formas de autoridad, distancias y formas entre adultos y niños. Finalmente: “Todo proceso educativo se da o debería darse en un contexto afectivo y de transmisión de valores y principios, tanto en la teoría como en la práctica. Esto se encarna en personas concretas, cuyo rol de educadoras las coloca como ejemplos vivientes.  De maestras/os, profesores/as, docentes en general,  se observa y se aprende mucho más de lo que formalmente ofrezcan como enseñanza”

Padres, madres, maestros y maestras son los nominados como socialmente responsables de la formación de sujetos acordes a la adaptación que necesita nuestra civilización. La herramienta que se ha diseñado para ello es la puesta de límites. El resultado esperado es el disciplinamiento para que los niños aprendan a “no hacer lo que quieran”. Y efectivamente, que los niños hagan lo que quieren es un disvalor social a combatir. Y la disciplina como fin en sí misma genera, como supo decir María Elena Walsh, sujetos jardín de infantes.

A lo largo del escrito y desde el comienzo planteamos que la puesta de límites y el psicoanálisis se dan de bruces. En el camino abrimos líneas de pensamiento que nos permitieron una visión algo más enriquecida, y que nos dejan deudas por saldar.

Pero lejos estamos de pretender que la cuestión sea dilemática, que la opción sea la puesta de límites o el vacío.

El psicoanálisis tiene mucho que decir y bastante ha dicho al respecto, solo que desde otra perspectiva y probablemente a través de desarrollos dispersos. Pero siempre ha puesto palabras y puesto o cuestionado nombres. Se sabe que para nuestra disciplina la nominación está lejos de ser un tema menor. Y también sabemos que, mal que nos pese, la denominación finalmente determina los contenidos y las acciones que se derivan. No es ocioso señalar que se pretende limitar exactamente en el momento en que el niño necesita desplegar con más decisión sus potenciales a desarrollar. Ese ya es un motivo suficiente para intentar pensar las cosas de otra forma.

La pregunta recurrente en las prácticas de psicoanálisis con niños y niñas es cómo poner límites ante determinadas conductas infantiles. Suele escucharse en coloquios, seminarios, supervisiones y hasta en relatos de consultas, que se ha recibido el develamiento de que ese niño está pidiendo límites. También desde algunas escuderías con disfraz psicoanalítico se escuchan los consejos acerca de la imprescindible coherencia de parte de los adultos responsables en la limitación a la niñez. Una vez que un adulto puso la palabra, el o los otros solo deben intervenir manifestando coincidencias con quien gritó “prima”, aún si se está en desacuerdo. “Ya habrá tiempo en privado de trabajar las diferencias”. No se exige coherencia y consistencia previa sino el sostén, aún del error. La palabra del niño? Bien, gracias!

No hay chances de que el Psicoanálisis se interne en esa parafernalia represiva, no por una cuestión de clase o distinción sino sencillamente por una concepción de aparato psíquico. Ante ese tipo de demandas que están lejos de tener una resolución normatizada, el llamado vuelve a ser la interrogación.  No tenemos recetas ni consejos acerca de los límites a una situación que padres y madres pueden sentir desbordada, pero si la capacidad de hacer preguntas. ¿Cómo se llegó hasta allí? ¿Cuál es la inquietud de los adultos ante la cosa a limitar? ¿Cuál ha sido la historia de la construcción de autoridad en cada quién?

Cuando empiezan a circular  estos interrogantes puede diluirse la necesidad de limitar para, al decir de Bleichmar, habilitar la construcción de legalidades, con mucho más poder y consistencia, y con todas las metáforas necesarias en concurso. El sostén es el reconocimiento de la asimetría en las relaciones adultos- niños, basada en la presencia del respeto parido desde el adulto hacia el niño o la niña, con cimientos privilegiados como son la identificación y la ética.

La identificación parte de aquello que el niño que mira va incorporando de sus figuras formantes. Si además, y ya de temprano, ha sabido de la consideración hacia el otro, (que comienza en sí mismo), y ha incorporado la esencia, estamos en el territorio de las éticas donde los límites tienen lugar siempre y cuando sean concebidos como bordes que acompañen, acolchonen y faciliten en desarrollo psíquico en momentos tan fundamentales de acceso al universo simbólico. El analista por su parte, no puede hacer oídos sordos al goce sádico que suele vehiculizar la puesta de límites.

La instalación de preguntas es una respuesta contundente y productiva, y bastante más efectiva y humana que los reclamados protocolos de crianza.

Como dice Silvia Bleichmar:”construcción de legalidades como cuestión central, la puesta de límites como problemática fronteriza, ya que el psicoanálisis no puede formar parte, bajo ninguna coartada, del brazo represivo que intenta sofocar el malestar sobrante mediante acciones constrictivas o medicaciones aplacantes.  Se trata en última instancia, de rescatar nuestra práctica de la captura a la cual nuestras propias aporías nos lanzan.”

De eso se trata, de poner un límite a la puesta de límites. Si ese Yo que deviene del Ello no está tan atravesado por las violencias del disciplinamiento, puede aspirar al mayor grado de libertad que le posibilite su condición, ya limitada, de sujeto sujetado.

 

 

 

Bibliografía de referencia

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Harari, Roberto- ¿Apocalipsis del psicoanálisis?- Actualidad Psicológica Nº 217- Enero/Febrero de 1995

Klein, Melanie- La posición equizo paranoide- Obras completas- Paidós 1980

Nasio, David- “¿Cuál neurótico somos: fóbico, obsesivo o histérico?”- Conferencia dictada en                               agosto de 2017 en el ciclo “Nasio en Buenos Aires- Paidós 2017

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Tort, Michel- Las subjetividades patriarcales- Topia Editorial- 2016

Winicott, Donald- “El psicoanálisis y el sentimiento de culpabilidad”- Conferencia para conmemorar el centenario del nacimiento de Freud- 1956, y publicada- Psycho-Análysis and Contemporany Thought, ed. J. D. Sutherland, Londres, Hogarth,